domingo, 3 de julio de 2016

Mitos de Pompeya - Horacio Convertini / Ventarrón - Carlos Gardel

El chiste no es la gran cosa pero visto con el lente deformante de los años, que edita nuestras experiencias adolescentes con un barniz épico y divertido que acaso jamás tuvieron, se vuelve una anécdota imperdible en asados de cincuentones que ya están obligados a repetirse, como el antídoto contra un Alzheimer precoz, que alguna vez fueron jóvenes. Verano. Tomábamos el tren a Mar del Plata de las doce de la noche. Clase turista, asientos de madera. Mate o Criadores para ablandar las cinco horas en vela (sí, joven argentino, cuando yo tenía 18 años se viajaba a la costa en tren y en apenas cinco horas). Acaso una guitarra, pero no estoy seguro. Muchas ganas de boludear. El número infaltable era cantar a viva voz el tango "Sur" y, cuando llegábamos a la parte de "Pompeya y más allá la inundación", hacíamos un alto, nos poníamos de pie, pedíamos un aplauso y recién entonces avanzábamos con la estrofa que mencionaba a nuestro barrio. Que Pompeya se cantara en los tangos era, para nosotros, la prueba irrefutable de que habíamos nacido en un territorio especial, legendario, hecho de esa materia invisible que sólo alcanzan a percibir los poetas. Nadie le cantaba a Liniers o a Parque Chas. A Pompeya sí. Mucho. El rock nacional de los setenta, que procuraba parecerse y diferenciarse, en vaivén histérico, de sus espejos en inglés, nos ignoraba con sus baladas de vocecitas agudas, ora pretensiosas, ora incomprensibles, que podían gustarnos más o menos, pero que nunca hablaban de nosotros. El tango, en cambio, que era una expresión vetusta, anquilosada en el decir, de los sueños y las categorías de nuestros padres, nos regalaba una mitología a la que adscribíamos por no haber otra mejor. Así, interpretados por la música de la misma generación que no nos comprendía, seguimos poniéndonos de pie toda vez que el nombre de nuestro barrio asomaba en esos tangos naftalinados y perfectos. De ellos (montones), ninguno como "Ventarrón", de 1933, música de Pedro Maffia, letra de José Horacio Staffolani (mucho gusto). Cuenta la historia de un compadrito que se va de Pompeya porque el barrio le queda chico. Solo y triste, casi enfermo, volverá con las "derrotas mordiéndole el alma" persiguiendo la fama que "otro ya conquistó". Un regreso patético, porque a esa altura, cuando sus hazañas de malevaje han sido reemplazadas por otras (el coraje que se hace valer siempre es un acto en presente), el tipo se reduce a "cartón para el amigo y para el maula, un pobre cristo". La historia de Ventarrón, escrita 28 años antes de mi nacimiento, 51 años antes de mi éxodo del barrio, 83 años antes de esta evocación, me sigue conmoviendo por tres razones: una, hay un modo pompeyano (seguramente falso) que nos hace sentir especiales; dos, la tentación de irse se vuelve irresistible; tres, el barrio espera, paciente, nuestro regreso, acaso para recordamos que nunca hemos sido lo que creímos ser y que traicionarlo se paga, como todo en el tango, con el melancólico sabor de la derrota.
Horacio Convertini

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